'Existe una manera de vivir a la que los Lakota llaman "Caminar en la Belleza." Se dice que uno Camina en la Belleza cuando tiene su Tierra (parte física) y su Cielo (parte espiritual) en Armonía.'

divendres, 7 de setembre de 2012

Mujer Lakota: Del Nacimiento a la vejez (Parte1)

ANTES DEL NACIMIENTO
Las creencias lakota indican que una parte del espíritu de la persona, llamada «tun», vive eternamente y vuelve periódicamente para encarnarse en un recién nacido. Sin el «tun» el bebé no podría vivir. Como el «tun» viene de otra parte, cuando nace el niño la gente dice: «hoksicala wan icimani hi» (un bebé viajero ha llegado).
EL REGRESO DE «TUN»: EL NACIMIENTO
Todos los niños, especialmente durante su primer año de vida, son considerados «wakan» (sagrados). Los Lakota creen que durante ese período es imprescindible tratar a los niños de forma conveniente.
En el momento del nacimiento, la comadrona -a menudo la abuela o una tía de la madre- corta el cordón umbilical con un cuchillo afilado y limpia la boca del bebé. También prepara la placenta envolviéndola en un trozo de piel de ciervo y colocándola en lo alto de un árbol para que los animales no puedan encontrarla y no ejerzan ninguna influencia nefasta sobre el recién nacido. Los abuelos hacen un saquito de piel con la forma del lagarto de las arenas (animal altamente considerado por su longevidad) al que llaman «t'elanunwe» (el que parece que va a morir y revive) donde ponen el cordón umbilical.
«WINCIKALA», LA INFANCIA
Más tarde el «t'elanunwe» se coloca en la cuna y después en una de las trenzas de la niña. Creen que si el cordón se tira o no está suficientemente a la vista el niño será demasiado curioso. Así que, muchas veces, cuando el niño es demasiado curioso, los adultos le preguntan : «Cepka, oyale he?» (¿Buscas tu cordón umbilical?).
Chicas y chicos reciben un nombre que puede referirse a un hecho natural destacado, a un pariente, a un miembro destacado de la tribu ya muerto o a un hecho histórico que el «tiyospaye» (familia extensa) juzgue importante. También reciben un nombre ritual que es utilizado por el «Tyapaha» (anunciador) en el transcurso de ceremonias especiales como la Danza de la Victoria.
Al primer nacido se le llama «witokapa» si es niña y «wikatikapa» si es niño. Al último que nace se nombra «hakela» o «hakokta» según sea niño o niña.
Los nombres femeninos se distinguen de los masculinos por un sufijo. Así, por ejemplo, el nombre masculino «Mahpiya Ska» (Nube Blanca) se convierte en el femenino «Mahpiya Ska Win».
El aprendizaje a través de juegos y de leyendas
La niña jugaba con muñecas y tipis en miniatura. Cuando era suficientemente grande para montar a caballo (a los tres o cuatro años), se le daban accesorios de mujer parecidos a los de su madre: una funda de cuchillo, una caja de leznas y un raspador (herramienta para curtir pieles).
Una chica podía jugar tanto con los chicos como con las otras chicas, pero sólo entre ellas podían jugar al «Skatapi cik'ala» en el que imitaban las actividades de las mujeres -llevando muñecas a la espalda, estacas de tipi, caballos de madera, levantando tipis, cocinando o dando de comer a los niños, etc.-. A través de estos juegos los niños aprendían la cultura de la tribu y el comportamiento que debían adoptar con respecto a los otros miembros de la comunidad.
Los juegos no son simples actividades de esparcimiento. Muchos tienen un contenido ritual como el «tapa wankayeyapi», que se desarrolla como un juego, pero que, de hecho, es una lección ritual. Los niños, desde muy pequeños, tenían ocasión de ver y seguir el desarrollo de las grandes ceremonias. Se les enseñaba a tratar la pipa sagrada con respeto, a no manipularla en contra del sentido común y a extraerla de su funda con cuidado.
Al anochecer, alrededor del fuego, las niñas y los niños escuchaban con impaciencia a los contadores de historias que narraban las «ohunkakan» (historias para reír) y las «wikowokaye» (leyendas). Las «ohunkakan» tenían como función enseñar las buenas maneras y las conveniencias del comportamiento social indicando además aquello que se debía evitar. Tenían a menudo como protagonistas a personajes mitológicos como «lktomi» (la araña), héroe en la cultura lakota. Las «wikowokaye» relataban hechos importantes de la historia lakota, normalmente relacionados con el mundo espiritual. A través de ellas, los lakota podían enseñar el pasado e incorporar los acontecimientos vividos al presente.
Conforme las niñas iban creciendo, madres y abuelas se mostraban vigilantes, ya que pronto la infancia acabaría y llegaría para ellas el momento de «tankake» (convertirse en mujer) que sería anunciado a todo el «Tiyospaye».

«WIKOSKALAKA», LA ADOLESCENCIA
La maduración fisiológica de las chicas lakota implica además cambios en su status social y ritual. La transición de la infancia a la adolescencia en la vida de una mujer está decididamente marcada, mientras que pasa casi inadvertida en la vida de un hombre.
Cuando llegaba el primer ciclo menstrual, la chica era conducida a un tipi nuevo, más allá del círculo del campamento. Una mujer de su familia o elegida por su reputación irreprochable, cuidaba de que no faltara nada y la educaba en sus nuevas obligaciones como mujer y futura madre.
Los lakota creen que las influencias que rodean a una joven mujer en sus primeras reglas son determinantes para su futuro. Los primeros paquetes menstruales eran cosidos en suave piel de ciervo y guardados con cuidado.
El periodo menstrual estaba acompañado de una serie de prohibiciones que impedían a la adolescente cocinar, tocar la comida, estar cerca de los hombres o de sus armas y manipular la pipa sagrada y las hierbas medicinales.
Lo mismo que un chico podía buscar su visión en cuanto su voz comenzaba a cambiar, la mujer podía hacerlo envolviendo su primer flujo menstrual y colocándolo en un árbol.
Cuando llegaba a la edad adulta, los padres realizaban un rito importante: «Isnati awicalowanpi» (ellos cantan sobre sus primeras reglas) durante el que se invocaba al Espíritu del Bisonte Blanco intentando asegurar a la iniciada las principales virtudes de una mujer lakota: castidad, fecundidad, amor al trabajo y hospitalidad.
Las mujeres aprendían las virtudes de la Mujer Bisonte Blanco. Para protegerlas de los hombres impúdicos que recorrían el campamento por la noche y se arrastraban bajo los tipis para acostarse con las jóvenes, las madres abrochaban a sus hijas púberes unos cinturones de castidad en cuero crudo. La virginidad estaba además garantizada por el hecho de que las jóvenes estaban permanentemente acompañadas de una «carabina», normalmente la abuela.
A esta edad, la joven se concentraba en actividades de mujeres como la cocina, el curtido y la unión de pieles de bisonte para la confección de tipis. Pero, además, tenía una serie de funciones establecidas por los Siete Ritos Sagrados revelados por la Mujer Bisonte Blanco. Uno de los más importantes consistía en participar, en tanto que mujer virgen, en la Danza del Sol. Durante este rito, cuatro vírgenes daban los cuatro hachazos que derribaban el árbol alrededor del cual el resto de los participantes danzaban. A cada una de las vírgenes correspondía una dirección y golpeaban con el hacha siguiendo el orden siguiente: Oeste, Norte, Este y Sur.
Las mujeres jóvenes eran muy preciadas en el seno de las sociedades guerreras. Ellas tenían sus propias sociedades de mujeres, como, por ejemplo, la «Wipata Okolakiciye», hermandad en la que las miembros aprendían las técnicas del bordado con púas de puercoespín según las instrucciones visionarias emanadas de Anukite (la Mujer Doble, también llamada Mujer Ciervo). Otra sociedad importante era la formada por las mujeres expertas en el curtido de pieles que se reunían para fabricar los tipis en grupo. «Trepad a la cima de una colina y buscad una mujer del otro lado».
Antes del cortejo, hombres y mujeres eran instruidos en lo relativo a la mejor elección del cónyuge, preferiblemente de otro «Tiyospaye». Los ancianos reunían a los niños y les aconsejaban: «Chicos, no busquéis una mujer en la esquina de vuestra morada» («Takoja, tiokahmi etan tawikutun sni po»).
Se enseñaban cuidadosamente las relaciones de parentesco para que ellas y ellos supieran bien quien era o no elegible en previsión de un matrimonio. Los hombres adultos solían decir a los jóvenes: «Trepad a la cima de una colina y buscad una mujer del otro lado».
Aunque la vigilancia sobre las mujeres jóvenes era estricta, había ocasiones durante las que podían librarse de las mujeres adultas y encontrarse con el chico que les gustara. El mejor momento tenía lugar al ir a buscar agua al río. La chica podía tomar un camino que no se viera desde el campamento y el chico la esperaba y le tiraba del vestido o le arrojaba pequeños guijarros. Si ella quería responder a sus atenciones, podía retrasarse un poco y hablarle. Si no, ella seguía en sus faenas como si nada pasase.
Pero el procedimiento habitual para una joven era esperar fuera de su tipi al caer el sol, charlando con una pariente o amiga de su edad. Ellos, impacientes (y podían ser muchos), avanzaban lentamente formando una fila delante de ella. En ese momento, la acompañante se alejaba, dejándola hablar con cada uno de sus pretendientes. Claro que los parientes mayores estaban dentro del tipi de tal manera que podían observar a cada uno de los chicos que se aproximaban. Cada uno esperaba su turno y cuando llegaban junto a ella, la tomaban en sus brazos y le ponían sobre los hombros la manta de cortejo. Esta práctica recibe el nombre de «sina aopemni inajinpi» (de pié con la manta). Cada uno le contaba sus hazañas guerreras o su habilidad en la caza. La elección de ella se fundaba en los actos del joven que eran escrupulosamente evaluados por la familia de ella. Pero en el éxito de las conversaciones intervenían otros factores. La mayor parte de los pretendientes venían armados con la Medicina del Alce que tenía la reputación de poner a la joven bajo el encanto de su propietario. Más tarde, durante la noche, se podía oir el sonido de las «siyotanka» (flautas de amor) tocando suaves melodías. A menudo, la mujer podía reconocer al flautista por su música.
En el momento de la elección reinaba en el campamento una gran excitación. Normalmente los padres consentían el matrimonio, pero había casos en los que el matrimonio era arreglado por los padres sin la opinión de los jóvenes. En estos casos los verdaderos enamorados emprendían la fuga y se refugiaban en otra banda lakota.
El matrimonio aportaría nuevas responsabilidades y una infinidad de nuevos parientes. Era, por tanto, muy importante aprender correctamente los términos de parentesco. En lakota, la palabra que designaba matrimonio era «okiciyuce» (unirse) y las formalidades acostumbradas consistían en gran parte en una serie de intercambios de regalos entre los familiares de los jóvenes esposos.
Las madres decían: «Cuando una hija se casa, desaparece para siempre, pero cuando un hijo se casa, recibes una nueva hija». La ceremonia de matrimonio implicaba esencialmente un cambio de residencia para la esposa que debía unirse al hogar familiar de su marido. Podía pasar mucho tiempo antes de que la banda de su marido y la de su padre se encontraran.

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